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	<title>Texturas</title>
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	<description>textos y verduras</description>
	<dc:language>es</dc:language>	<dc:date>2005-03-23T19:09:38Z</dc:date>
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<item rdf:about="http://texturas.bitacoras.com/archivos/2005/03/23/movimiento_del_peon2">
	<title>Movimiento del Peón</title>
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	<dc:date>2005-03-23T19:04:28Z</dc:date>
	<dc:creator>Yael Rosenfeld</dc:creator>
	<dc:subject>Pastillaje</dc:subject>
	<content:encoded><![CDATA[A veces me retiro para que no duela, para no ser redundante: mi eterno y recurrente destino de peón. Te miro de lejos y disimulo: nada pasa, pasó ni pasará. A veces me retiro porque me da vértigo, me sobra y me atrinchero. Me enroco y te espío desde mis defensas perfectamente emplazadas. Entonces, no hay lugar para el jaque y decretamos tablas.<br />
<br />
A veces me acerco para que chisporrotee, me gusta que la llama me arda en la cara. Crick crick crack. Es como acercarse al abismo y mirar adelante, arriba y abajo, tragarse el aire, acelerar el pulso y saberse el dueño de todas las cosas inalcanzables.<br />
Me acerco porque elijo probar de esa copa y saborear el leyenda aunque algo se derrame inevitable en mi falda. Me tiento y avanzo, o te tiento y te espero. Entonces me nacen audacias, metáforas y alevosías, y me floreo con mil sacudones de abanico. Pero aún así te retaceo el juego, porque siempre es más divertido que no sepas qué piezas voy a tocar. Con mi mejor cara de simple peón, me paseo por la navaja, escucho su filo sigiloso, arriesgo la dama o el alfil y simulo sonriente que no sé de qué me hablás.<br />
Con la jugada planteada, elijo proyectarme hacia tu aliento, ponerte en jaque, esconder los ojos detrás de mis dedos, coronarme reina y volver a empezar. Y recién entonces voy a pensar si te doy la revancha.]]></content:encoded>
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<item rdf:about="http://texturas.bitacoras.com/archivos/2005/03/11/vecinos2">
	<title>Vecinos</title>
	<link>http://texturas.bitacoras.com/archivos/2005/03/11/vecinos2</link>
	<dc:date>2005-03-11T01:53:13Z</dc:date>
	<dc:creator>Yael Rosenfeld</dc:creator>
	<dc:subject>Enlatados</dc:subject>
	<content:encoded><![CDATA[Como cada vez que germina una tormenta, Ana se despierta sofocada e inquieta. Un sueño inconcreto de imágenes duras le arde en la boca. Son las tres de la mañana y no corre una gota de aire. Iluminada por el resplandor de la noche, va por agua hasta la heladera, al lado de la ventana del living. Toma de la botella un trago amplio, mira las nubes anaranjadas que ya truenan sin reparos e, inevitablemente, la ventana de enfrente, apagada desde la muerte de Doña Clara. Un sabor agridulce acompaña las imágenes del conflicto permanente con la vecina, sus interminables tardes de canasta y telenovelas a los gritos de sordo, los golpes de persiana en señal de protesta por la música, las reuniones, las risas, las luces tardías."Último piso" decía el aviso, y también "muy luminoso", y tanta luz había aquella tarde en que fue a verlo que no le importó que fuera interno y tuviera una cocina diminuta. Tampoco se fijó en los pocos metros que la separaban de las ventanas de enfrente. Hasta la primera noche después de la mudanza Ana no se dio cuenta de que tenía a Doña Clara casi instalada en su casa.<br />
<br />
Otra bocanada de agua y sigue mirando la ventana gemela. Pasaron cinco años desde aquella mañana en la que una ambulancia se llevó de urgencia y para siempre a la vieja, y todavía la indigna el recuerdo del malhumor personificado, sus gestos hoscos, las intrigas con el encargado, el cruce de cartas documento. El resplandor de la tormenta ilumina una figura velada y Ana no se sorprende de ver a Doña Clara, proyectada en una pantalla gigante, chillando amenazas en bata y ruleros. Cuántas veces se le presentaron imágenes así, transparencias livianas, hilachas de culpa, de sentir alivio y hasta felicidad por la muerte de una vieja y el regalo de una ventana vacía, la libertad de hacer en su casa lo que se le da la gana.<br />
<br />
Más agua y con el próximo relámpago los encuentra: dos ojos brillantes, su expandirse en rayas profundas, la persistencia con la que flotan como huecos recortados de la oscuridad, una imagen demasiado contundente para ser un fantasma. Ana se queda quieta, esperando que desaparezcan, pero los ojos siguen ahí, fijos aunque no inmóviles, vivos en un diálogo de gestos tácitos que podría prolongarse toda la noche si no fuese por el trueno que los apaga. Recién entonces Ana despierta del hechizo y su primer impulso es apartarse, taparse el pecho con las manos. El segundo, buscar algo de ropa y salir corriendo al pasillo, al ascensor, tiene que enfrentar esa mirada irresistible que acaba de apuñalarla. No sabe qué busca, qué piernas la llevan, qué cabeza da las órdenes. Obedece a la sorpresa y no se detiene a pensar ni siquiera en un buen argumento para sentirse tan invadida.<br />
<br />
El ascensor no llega y Ana no tiene paciencia para esperarlo. Se apura por las escaleras, seis pisos hacia abajo y seis más por el otro cuerpo del edificio, veinticuatro tramos de escalera que pasan por su vida sin dejar marca alguna, como esos momentos en blanco de los viajes que terminan en un lugar extraño con la sensación de no saber cómo se llegó hasta allí. La puerta del Sexto "B" invita, abierta lo justo para dejarla pasar. La misma luz de ciudad reflejada en las nubes inunda el espacio, pero también deslumbra como un eco en el aire espeso y oscurecido. Tres pasos adentro le sirven para darse cuenta de que está en el reflejo de su casa, un gran espejo vacío, con apenas las sombras de unos pocos muebles y una silueta rígida frente a la ventana, algo que definitivamente no puede tener la mirada que la conmovió hace un instante.<br />
<br />
Es un telescopio que apunta su ojo al cielo y a la ventana de enfrente. Ana espía su casa y la descubre mucho más cercana de lo que creía, en el apuro dejó la puerta abierta y la luz del pasillo se cuela por la izquierda. Una extraña sed de mirar se le agolpa en el pecho, sabe que desde el cuarto de al lado puede ver el suyo y lo busca con la seguridad de manejarse en terreno conocido. Lo primero que ve no es la cámara, ni siquiera el teleobjetivo desmedido que parece otro telescopio. No puede verlos, sus ojos se quedan prendidos del brillo irregular de la pared del fondo. Conoce dónde está el interruptor, lo encuentra sin despegarse de su silueta rotunda armada de cientos de fotos, miles de piezas montadas cada una en su sitio, un cuerpo gigante de mujer dormida, hecha con la paciencia de todos los fragmentos posibles. Un escalofrío acompaña al nuevo relámpago. Ana se mira a mansalva, evoca el placer de una caricia en la curva entera de su espalda, el hueco de las cosquillas debajo de la cintura, la cicatriz que le dejó el árbol de la abuela, siempre esquivo a las invasiones infantiles. Descubre que ahora duerme abrazada a la almohada y que la sábana hace escala entre las piernas antes de amanecer en el piso. Ve que su boca reproduce el gesto familiar de sus hermanos menores y recuerda las horas que dejaba correr contemplándolos dormir. Confirma que es verdad que sus ojos no se cierran del todo cuando sueña.<br />
<br />
Como en todas las tomas nocturnas, la cámara permanece inmóvil y el obturador retrasa el clic para captar cada detalle, cada partícula iluminada. Recién entonces se enciende la luz en el espejo de enfrente y Ana no necesita de ningún artefacto para ver, en la ventana de su cuarto, dos ojos brillantes, su expandirse en rayas profundas, una mirada irresistible que la apuñala y ahora también le sonríe.<br />
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]]></content:encoded>
</item>
<item rdf:about="http://texturas.bitacoras.com/archivos/2005/01/03/bienes_gananciales">
	<title>Bienes gananciales.</title>
	<link>http://texturas.bitacoras.com/archivos/2005/01/03/bienes_gananciales</link>
	<dc:date>2005-01-03T22:16:40Z</dc:date>
	<dc:creator>Yael Rosenfeld</dc:creator>
	<dc:subject>Góndolas y viajes.</dc:subject>
	<content:encoded><![CDATA[Todo lo que no me puedo traer porque no es del todo mío.<br /><br /><a href="http://yeguasdelorto.blogspot.com" target=_blank>Las Yeguas</a>. Mucho más que una yunta de bueyes.<br />
<a href="http://esquinitas.blogspot.com" target=_blank>La Lectora</a>. Dejame que te lea.<br />
<a href="http://librosymaslibros.blogspot.com" target=_blank>Libros + Libros</a>. El Festival de Juicios Arbitrarios.]]></content:encoded>
</item>
<item rdf:about="http://texturas.bitacoras.com/archivos/2005/01/03/la_mejor_companera1">
	<title>La mejor compañera</title>
	<link>http://texturas.bitacoras.com/archivos/2005/01/03/la_mejor_companera1</link>
	<dc:date>2005-01-03T21:30:13Z</dc:date>
	<dc:creator>Yael Rosenfeld</dc:creator>
	<dc:subject>Enlatados</dc:subject>
	<content:encoded><![CDATA["Si es en ayunas, ¡mejor!" repite Jazmín imitando la voz de Azucena, una suerte de silbato acolchonado que delata que la puerta que separa los dos living-comedor ya está cerrada. "Si es en ayunas, ¡mejor!", protesta, más por costumbre que por convicción, porque aunque nunca va a admitirlo, desde que se deja atender y aconsejar por su hermana se siente mucho mejor. Aunque tenga que salir a correr al parque con este frío y en ayunas. <br />
<br />
Raro lo de Azucena, tan aplicada desde el accidente. Si no fuera porque es tan metida, no la habría encontrado a Jazmín, en el piso y casi seca, fulminada por un ataque imprevisto de colesterol, glucosa, diabetes o quién sabe qué. Hacía más de un mes que no se dirigían la palabra, aunque Jazmín está segura de que su hermana la espiaba, como siempre, por la rendija de la puerta. Siempre escondida la muy zorra, resentida y amargada. Y pensar que cuando eran chicas, la preferida de todos, la más inteligente, la más popular, era Azucena. Se creía Rita Hayworth, con todos los hombres a sus pies. En cambio Jazmín era la gordita, la zonza, la burra. Azucena se quería comer el mundo y fue por eso que se estroló con la bicicleta contra los cactus, por exceso de soberbia y no porque Jazmín la hubiera empujado. ¿Cuántas veces la empujaron a ella y nunca se cayó? ¿Qué culpa tiene Jazmín de que a su hermana le haya quedado la cara hecha un rallador? ¿Y qué tienen que ver esas cicatrices con el hecho de que Azucena no haya podido armarse una vida propia? Nada. Así en la vida como en el arte, las tragedias nos enseñan que lo que el destino no nos da, tenemos que procurarlo. Y Azucena no pudo o no supo superar su cara desfigurada, y se quedó para siempre a la sombra de Jazmín, que creció e hizo mil sacrificios y cambió el cuerpo y se abrió al mundo, y ya a nadie le importaba que fuera una zonza o una burra porque de la noche a la mañana tuvo el mundo a sus pies.<br />
<br />
Así en la vida como en el arte, las dos jóvenes hermanas eran como dos obras maestras de la pintura: mientras Jazmín subía al estrado para encarnar a la perfecta maja de Goya, Azucena se escondía para reproducir a la más escuálida de las señoritas de Modigliani. Desde entonces viven pared de por medio, en dos casitas siamesas que construyó el abuelo. Son casi iguales las casas, aunque la de Jazmín es imperceptiblemente más grande, más soleada y, como da a la esquina, tiene más jardín. Una puerta en el living-comedor une las dos casitas y estuvo siempre abierta hasta la llegada de Augusto, compañero de colegio de Azucena que siempre venía a estudiar a la casa. Toda la familia apostaba por el futuro de la pareja, pero sorpresivamente fue Jazmín quien se casó con él. Así en la vida como en el arte, los tres formaron una asociación indisoluble, típica de las novelas del siglo diecinueve: Augusto mantenía a la familia con su fábrica de colchones, Azucena se hacía cargo de las tareas del hogar y Jazmín lo llenaba con su alegría y sus amistades. En esos años, la puerta que une las casas tenía una cadena que, cuando estaba echada, avisaba que el matrimonio no deseaba ser molestado. Este ingenioso sistema de señales perdió utilidad con la muerte de Augusto, ya que la profunda depresión en la que se sumió la viuda —angustia que seguramente fue la que derivó en ese ataque de colesterol, glucosa, diabetes o quién sabe qué—, obligó a que la puerta permaneciera abierta las veinticuatro horas para que la hermana pudiera escucharla y acudir en su auxilio.<br />
<br />
Azucena no la descuida, pero cuando Jazmín duerme, mira la televisión o recibe a las visitas, la otra desaparece y ni siquiera se la escucha. La falta de interés, la ausencia de envidia, asombran e intrigan a Jazmín mucho más que los conocimientos nuevos que Azucena demuestra tener, ese remedio que le da —una receta que dice que aprendió de la abuela medio curandera—, y los consejos para completar la convalecencia. Azucena tiene una respuesta para cada una de las necesidades de su hermana: cuando empezó con los jadeos que la dejaban babeando y con la lengua afuera, Azucena le recomendó que canalizara la ansiedad mediante la jardinería, y aunque sólo disfruta realmente cuando hace pozos y cambia de lugar las plantas, desde que lo hace se siente más tranquila. Algo parecido pasó cuando le agarraron los inexplicables antojos de carne y de morderse los puños y las solapas de la blusa, que se le pasaron al día siguiente, cuando Azucena le dio a probar unas bolitas de cereal con un lejano gusto a chiquizuela, que no sólo le dan una energía increíble para su edad, sino que hasta le mejoraron el cutis y el pelo. Así en la vida como en el arte, desde que cumple cada una de las recomendaciones de Azucena, hace cosa de unos meses, Jazmín se siente la heroína de un culebrón, ya no tiene problemas de oído ni de articulaciones, recuperó la capacidad de disfrutar de los olores y los colores de la naturaleza que había perdido a causa del cigarrillo, y cada mañana siente un torbellino de energía que la hace saltar en la cama y dejar el diario hecho trizas cuando lo lee. Y es más, lo que nunca, hasta se lleva bien con todo el mundo. Así en la vida como en el arte, Jazmín es como una estrella que acaba de recibir un Oscar: puras sonrisas y manos dispuestas al saludo, salvo con el sodero y con el diariero, a quienes detesta con toda su alma.<br />
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<br />
Desde que conoció Internet, a Azucena le cambió la vida. Nunca va a dejar de felicitarse por haber seguido el impulso que la llevó a comprarse la computadora. Así en la vida como en el arte, el azar es a veces el mejor aliado de los creadores. Paso a paso, Azucena se fue reinventando a sí misma, para transformarse en todo lo que siempre había soñado. La pesada rutina de encierro y dedicación a su hermana se abrió como un pimpollo que en pleno invierno florece para ser protagonista de un jardín deshojado y frío. Así en la vida como en el arte, cada noche Azucena representa la voz solista de un coro de ensueños. Su foto apenas retocada, su carácter afable y extrovertido, su velocidad de tipeo hacen de ella la reina de una corte de admiradores tan virtuales como incondicionales. Lo que más la sorprende, desde el primer día, es el poder que le da Internet a las personas que saben cómo aprovecharla. La red está llena de soluciones para cada uno de los espacios de pregunta de su universo personal, desde los más primarios —la compra semanal—, hasta los más íntimos —cómo conseguir un partenaire para sus fantasías privadas—. Su última adquisición, lo que desde hace un par de meses es el motivo de su mayor orgullo, es el descubrimiento de la Universidad Virtual de las Ciencias Ocultas, donde ha encontrado tantos cursos interesantes para hacer, que no se toma más que unos días de descanso entre cada uno. Ya ha pasado por los de Magia Básica y Avanzada, Alquimia Aplicada, Interpretación de Señales Planetarias, Comunicaciones Sutiles y actualmente se encuentra cursando las prácticas de Pociones y Transformaciones.<br />
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Se puede decir que Azucena, desde que tiene Internet, no necesita nada más. Ya no odia a su hermana, ni sueña con tener un compañero, ni siquiera le hace falta una amiga con quien tomar el té. Lo único que quiere, de corazón, es una perrita que le haga compañía. Azucena no ve la hora de sacarla a pasear, jugar con ella, bañarla y enseñarle a dar la patita. Pero ya falta poco, tres o cuatro dosis más y deseo cumplido. Hoy le va a ir a comprar el collar y la cadena.<br />
]]></content:encoded>
</item>
<item rdf:about="http://texturas.bitacoras.com/archivos/2004/11/28/casa_nueva">
	<title>Casa nueva</title>
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	<dc:date>2004-11-28T19:50:32Z</dc:date>
	<dc:creator>Yael Rosenfeld</dc:creator>
	<dc:subject>General</dc:subject>
	<content:encoded><![CDATA[Un nuevo intento de organizar la cosa<br /><br />No sé si estoy en condiciones de encarar una mudanza, ni siquiera estoy segura de que tenga algún sentido. Pero si esta casa funciona como parece, en cualquier momento empaqueto todo y me vengo.]]></content:encoded>
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