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A veces me retiro para que no duela, para no ser redundante: mi eterno y recurrente destino de peón. Te miro de lejos y disimulo: nada pasa, pasó ni pasará. A veces me retiro porque me da vértigo, me sobra y me atrinchero. Me enroco y te espío desde mis defensas perfectamente emplazadas. Entonces, no hay lugar para el jaque y decretamos tablas.
A veces me acerco para que chisporrotee, me gusta que la llama me arda en la cara. Crick crick crack. Es como acercarse al abismo y mirar adelante, arriba y abajo, tragarse el aire, acelerar el pulso y saberse el dueño de todas las cosas inalcanzables.
Me acerco porque elijo probar de esa copa y saborear el leyenda aunque algo se derrame inevitable en mi falda. Me tiento y avanzo, o te tiento y te espero. Entonces me nacen audacias, metáforas y alevosías, y me floreo con mil sacudones de abanico. Pero aún así te retaceo el juego, porque siempre es más divertido que no sepas qué piezas voy a tocar. Con mi mejor cara de simple peón, me paseo por la navaja, escucho su filo sigiloso, arriesgo la dama o el alfil y simulo sonriente que no sé de qué me hablás.
Con la jugada planteada, elijo proyectarme hacia tu aliento, ponerte en jaque, esconder los ojos detrás de mis dedos, coronarme reina y volver a empezar. Y recién entonces voy a pensar si te doy la revancha.
La pieza mas importante y atrevida es el alfil. El peon, como toda infanteria de trinchera, siempre me dio lastima. La reina es una puta histerica. El rey impotente. El caballo servil. La torre de marfil. El alfil es un maestro y ya se merece unas lineas de la poeta.
Comentario de rodolfo lineras el el 12/28 a las 09:21