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Viernes, 11 de marzo de 2005


Vecinos

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Como cada vez que germina una tormenta, Ana se despierta sofocada e inquieta. Un sueño inconcreto de imágenes duras le arde en la boca. Son las tres de la mañana y no corre una gota de aire. Iluminada por el resplandor de la noche, va por agua hasta la heladera, al lado de la ventana del living. Toma de la botella un trago amplio, mira las nubes anaranjadas que ya truenan sin reparos e, inevitablemente, la ventana de enfrente, apagada desde la muerte de Doña Clara. Un sabor agridulce acompaña las imágenes del conflicto permanente con la vecina, sus interminables tardes de canasta y telenovelas a los gritos de sordo, los golpes de persiana en señal de protesta por la música, las reuniones, las risas, las luces tardías."Último piso" decía el aviso, y también "muy luminoso", y tanta luz había aquella tarde en que fue a verlo que no le importó que fuera interno y tuviera una cocina diminuta. Tampoco se fijó en los pocos metros que la separaban de las ventanas de enfrente. Hasta la primera noche después de la mudanza Ana no se dio cuenta de que tenía a Doña Clara casi instalada en su casa.

Otra bocanada de agua y sigue mirando la ventana gemela. Pasaron cinco años desde aquella mañana en la que una ambulancia se llevó de urgencia y para siempre a la vieja, y todavía la indigna el recuerdo del malhumor personificado, sus gestos hoscos, las intrigas con el encargado, el cruce de cartas documento. El resplandor de la tormenta ilumina una figura velada y Ana no se sorprende de ver a Doña Clara, proyectada en una pantalla gigante, chillando amenazas en bata y ruleros. Cuántas veces se le presentaron imágenes así, transparencias livianas, hilachas de culpa, de sentir alivio y hasta felicidad por la muerte de una vieja y el regalo de una ventana vacía, la libertad de hacer en su casa lo que se le da la gana.

Más agua y con el próximo relámpago los encuentra: dos ojos brillantes, su expandirse en rayas profundas, la persistencia con la que flotan como huecos recortados de la oscuridad, una imagen demasiado contundente para ser un fantasma. Ana se queda quieta, esperando que desaparezcan, pero los ojos siguen ahí, fijos aunque no inmóviles, vivos en un diálogo de gestos tácitos que podría prolongarse toda la noche si no fuese por el trueno que los apaga. Recién entonces Ana despierta del hechizo y su primer impulso es apartarse, taparse el pecho con las manos. El segundo, buscar algo de ropa y salir corriendo al pasillo, al ascensor, tiene que enfrentar esa mirada irresistible que acaba de apuñalarla. No sabe qué busca, qué piernas la llevan, qué cabeza da las órdenes. Obedece a la sorpresa y no se detiene a pensar ni siquiera en un buen argumento para sentirse tan invadida.

El ascensor no llega y Ana no tiene paciencia para esperarlo. Se apura por las escaleras, seis pisos hacia abajo y seis más por el otro cuerpo del edificio, veinticuatro tramos de escalera que pasan por su vida sin dejar marca alguna, como esos momentos en blanco de los viajes que terminan en un lugar extraño con la sensación de no saber cómo se llegó hasta allí. La puerta del Sexto "B" invita, abierta lo justo para dejarla pasar. La misma luz de ciudad reflejada en las nubes inunda el espacio, pero también deslumbra como un eco en el aire espeso y oscurecido. Tres pasos adentro le sirven para darse cuenta de que está en el reflejo de su casa, un gran espejo vacío, con apenas las sombras de unos pocos muebles y una silueta rígida frente a la ventana, algo que definitivamente no puede tener la mirada que la conmovió hace un instante.

Es un telescopio que apunta su ojo al cielo y a la ventana de enfrente. Ana espía su casa y la descubre mucho más cercana de lo que creía, en el apuro dejó la puerta abierta y la luz del pasillo se cuela por la izquierda. Una extraña sed de mirar se le agolpa en el pecho, sabe que desde el cuarto de al lado puede ver el suyo y lo busca con la seguridad de manejarse en terreno conocido. Lo primero que ve no es la cámara, ni siquiera el teleobjetivo desmedido que parece otro telescopio. No puede verlos, sus ojos se quedan prendidos del brillo irregular de la pared del fondo. Conoce dónde está el interruptor, lo encuentra sin despegarse de su silueta rotunda armada de cientos de fotos, miles de piezas montadas cada una en su sitio, un cuerpo gigante de mujer dormida, hecha con la paciencia de todos los fragmentos posibles. Un escalofrío acompaña al nuevo relámpago. Ana se mira a mansalva, evoca el placer de una caricia en la curva entera de su espalda, el hueco de las cosquillas debajo de la cintura, la cicatriz que le dejó el árbol de la abuela, siempre esquivo a las invasiones infantiles. Descubre que ahora duerme abrazada a la almohada y que la sábana hace escala entre las piernas antes de amanecer en el piso. Ve que su boca reproduce el gesto familiar de sus hermanos menores y recuerda las horas que dejaba correr contemplándolos dormir. Confirma que es verdad que sus ojos no se cierran del todo cuando sueña.

Como en todas las tomas nocturnas, la cámara permanece inmóvil y el obturador retrasa el clic para captar cada detalle, cada partícula iluminada. Recién entonces se enciende la luz en el espejo de enfrente y Ana no necesita de ningún artefacto para ver, en la ventana de su cuarto, dos ojos brillantes, su expandirse en rayas profundas, una mirada irresistible que la apuñala y ahora también le sonríe.


Escrito por Yael Rosenfeld El 03/11 a las 01:53
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Comentarios


Ana vive como le gusta. Maltratada en una ciudad de mierda. Eso no pasa en el "interior" donde se respira buen perfume y donde el pan es pan y el vino es vino. Pobre Ana tan insatisfecha ella.


Comentario de rodolfo linerass el el 12/28 a las 09:31

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